El lugar que nos habita.

Las transformaciones

La casa estaba viva tiempo atrás. En ella habitaban niños y niñas, padre y madre, mascotas, plantas, cuadros y decoraciones. El ritmo lo marcaban las comidas familiares en la cocina, las pláticas en la antesala, el juego de pelota en el patio. Acompasado por risas y llantos, alegrías y tristezas, rupturas y comienzos.

Ahora se encuentra moribunda. Hace mucho dejó de ser un hogar, para convertirse en un espacio derruido de paredes altas blancas descarapeladas y cubiertas de telarañas. Los objetos que la habitaban se han llenado de polvo y soledad; las personas, de muerte.

Solo quedan tres hermanas. Licho, la más vivaz, es quien guía nuestro primer recorrido a través de las distintas épocas de la construcción. Fragmentos de memoria reviven como chispazos a contraluz. En sus ojos, que poseen el reflejo cristalino de los últimos años de su vida y en sus recuerdos, queda la repetición de momentos que en cada encuentro se repiten. 

Es increíble la semejanza entre mente y casa. Ambas poseen una fachada, un jardín o patio, sala, comedor, dormitorios y armarios. Las dos, sufren transformaciones, producto de los acontecimientos y las consecuentes interpretaciones que dan como resultado: luz u oscuridad en las diferentes estancias que las componen. Ambos son espacios libres para la creatividad de sus propietarios.

Primera mirada

Estamos ante una pared blanca inmensa, hay un portón abierto que deja ver al fondo una reja a contraluz; caminamos sobre un piso de azulejos hasta que se despliega ante nosotros una escena increíble: un patio repleto de plantas rodeado de cuartos. Un montaje de otra época, en el que lo único moderno es Maya, una husky siberiana que se acerca a saludarnos. 

Licho nos recibe. Al igual que la fachada, está ataviada con una bata y pantuflas blancas, sus frágiles manos tiemblan al sostener una llave enorme que parece de fantasía, abre la reja, nos invita a pasar.

Primero la sala, que suele ser el recinto que exhibe los objetos más bonitos e importantes de los residentes: figuritas de cerámica, pinturas, retratos familiares, muebles casi intactos para mantenerse lo más nuevo posible. Es la imagen que los dueños desean proyectar de su casa y, en el caso de la mente, de sí mismos. En realidad solo es la capa exterior de la compleja construcción.

Segunda mirada

En nuestra siguiente visita, hacemos un recorrido más profundo. Pasamos a un lado de los cuartos, donde saludamos a la segunda de las tres hermanas; quien a raíz de un accidente se encuentra en cama. Es la más anciana, se ve muy débil, pero eso no le impide saludarnos con gusto y una sonrisa. En su cuarto hay exhibidas imágenes religiosas.

La casa está impregnada de un fervor católico que no da tregua a ningún rincón y que se esparce en la plática de sus habitantes, que a la vieja usanza, mencionan por cada cuatro frases el nombre del Padre, la Virgen o Jesucristo. La religión católica tiene un humor característico que se impregna como la naftalina en todo lo que toca. 

La tercera hermana aparece. La encontramos fregando platos en la cocina, nos mira sonriente al saludarnos, es muy agradable y conversamos un poco con ella; nos enteramos que es quien se encarga de cocinar, además de alimentar a la hermana encamada. Su labor y ánimo sonriente, contrasta con lo que habíamos escuchado de Licho, sobre la enemistad que vienen sustentando desde décadas atrás. Nos parece una mujer tan agradable como la sala que momentos atrás conocimos. 

Seguimos por el pasillo hasta el segundo patio, que alguna vez fue un taller de herrería. Al fondo, está el cuarto de Arturo, uno de los hermanos ya fallecidos. Adentro hay estantes repletos de libros, una fotografía en blanco y negro de una mujer que nos menciona Licho, es su madre. El piso está cubierto de polvo, de bolsas de plástico y periódicos regados. Todo envuelto por un oscuro misticismo.

Salimos del cuarto de Arturo, subimos por unas escaleras de concreto hacia la recamara de Licho. Es imponente la seguridad con que la anciana sube sola, olvidando una posible caída que terminaría con todo. Nos comenta del peligro que muchas personas le han advertido, al que responde siempre con «aquí estoy tranquila, no oigo roncar a nadie». Entramos a una pieza diminuta, observamos una cama individual, una radio negra de cassettes, decorada con fotografías tamaño infantil —alineadas como soldaditos— de todos sus familiares importantes y una lupa para recordar con claridad.

A la izquierda de la cama, un buró tapizado de medicamentos alopáticos: píldoras, pastillas, tablillas de aluminio, jarabes, vendas. Parece farmacia. Del otro lado está un escritorio con un altero de ropa y una ventana por la que entra bastante luz. A través de ella se ven los edificios y azoteas de las casas aledañas. Una visión gris de la ciudad.

Composición

A medida que observamos a profundidad, el rompecabezas comienza a componer una imagen muy distinta a la que teníamos antes de entrar a la casa. Las piezas pequeñas como la sala, encajan con el resto de los espacios íntimos generando nuevas perspectivas.

Lo mismo ocurre con la mente, mostramos a través de nuestra personalidad lo que nos gusta de nosotros, con lo que nos hace sentir cómodos; pero conforme intimamos, el otro va obteniendo acceso a los pasillos que conducen a nuestros dormitorios y armarios, lugares que guardan una imagen completa y en ocasiones cruda de nosotros: la verdadera esencia de nuestra persona. 

En nuestro dormitorio guardamos lo que realmente nos representa: los medicamentos para las distintas dolencias, los recuerdos de un pasado que en ocasiones no deseamos evocar, las sábanas en las que nos escondemos, cuando el exterior se convierte en una realidad insoportable.

La primera imagen que interpretamos de Licho, fue la de una anciana dulce y risueña, alegre de contar con un sobrino y dos nietos quienes la aman y cuidan de ella. «Mi única razón de querer seguir viviendo son esos niños» repetía, cada vez que le venían a la memoria.

Conforme nos adentramos, encontramos heridas entre hermanas, soledad, rencor, impotencia y un miedo acompañando de la mano su parte luminosa. Memorias repetitivas sobre eventos que marcaron su vida y se convirtieron en el esqueleto que construye su historia y le da sentido.

No hay juicio. Bien o mal, son solo conceptos superficiales aprendidos en casa. En ocasiones etiquetamos a las personas por su parte oscura o luminosa, polarizándola, olvidando que somos dualidad. Nadie es plenamente una cosa u otra. Somos seres humanos, que por naturaleza podemos ser jodidamente buenos y jodidamente malos.

Las desapariciones

La verdadera riqueza de la experiencia está en la manera en que cada quien decide habitar su espacio interior y darle vida. Hay personas que pintan su casa de rosa, la colman de flores de múltiples colores y despiertan cada mañana con la melodía de La Cabalgata de las Valkirias de Wagner. Mientras que otras, prefieren una casa de cristal transparente, alimentarse de píldoras y agua natural. Y unas más, recrean su casa como la de Los Locos Adams, con cuartos oscuros llenos de telarañas. Al final nada de eso importa, cada historia es personal.

Como ya Antoine de Saint-Exupéry lo plasmó en una línea: «Lo esencial es invisible para los ojos», es imposible ver el alma de una persona si la juzgamos por su fachada, la ropa que utiliza, el físico que posee, su manera de hablar, el título académico, los ingresos mensuales y los lugares del mundo que conoce. La única forma en que podemos acercarnos a lo indefinible que, irónicamente define como individuo a una persona, es cuando nos abrimos a la experiencia de conocerla, dejamos la armadura de las expectativas y simplemente escuchamos. Cuando permitimos que el de enfrente pinte paisajes con sus palabras, nos lleve de la mano a otra época para compartir ese momento que le marcó, ser materia dispuesta para viajar a través de su espíritu.

Se dice que todavía no es posible viajar en el tiempo, pero a mí me parece una falacia, pues cada vez que hablo con otra persona, desaparezco y me transporto a la historia que me está narrando. Lo juro.

Así nace este proyecto: de la necesidad de experimentar múltiples vidas a través de una imagen y un texto. Así te compartimos la historia de tres hermanas y una casa. Así vamos tejiendo nuestra propia historia. 

Con mucho amor Hugo y Salvador.

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